No es su culpa, no es la mía, ambos crecimos guerreros, pero de esos que detestas porque siguen peleando aunque estén ya tan cansados que no recuerden su bando. No reconozco bandera por la que me haya merecido la pena haber perdido la fe en el premio.
Le he visto luchar ya tanto, y luchando sigue abajo desde el suelo, aunque esté roto, y cada vez que me mira de reojo y ve una línea de fuego, un diablo dentro le empuja a levantarse y quedarse otros mil años de pie, como si él mismo creyese que está listo para un nuevo duelo. Y no lo está, está extraño, está oscuro, está enfermo.
Puñetero cabezota que ve balas y no piensa en correr ni en esconderse, sino que encima se aparta con las uñas el pañuelo y a tirones la camisa y reta a que le disparen. Cree que por pelear más logrará hacerse de acero, pero es sólo un perro callejero más con cada vez menos sueños.
Asqueroso y adorable corazón, mi pequeño e inmaduro militante, niño que observa expectante el efecto de su voz, insensato y adorado kamikaze. ¿Qué se hace cuando el coraje logra ser tu único dios?
Creo que la falta de miedo, según va pasando el tiempo, cría bestias, porque te obliga a apretar sin comprender, a dejarte destrozar si es necesario y quemarte peleando aunque tu deseo no fuese en un principio vencer.
Luchas porque está en tu sangre, como el pez vive en el agua porque nunca ha conocido otra forma de existir, y no se plantea volar, y te lanzas sin mirar y llegas tullido a casa, y te juzgan y te alaban y te odian y te aman porque eres fuerte, pero no entienden que eso no basta. Que ser fuerte no es tan útil, no siempre, eso lo entiendo, eso lo dice y le entiendo. Porque vuelve siempre roto detrás de cada batalla, y a la primera una coge y se sirve de tiritas, y a la segunda se sopla, y a la tercera ya ni mira las heridas.
Y una aprende a respirar por los agujeros hechos en la guerra, y una decide no hablar de los horrores que lleva.
Las cicatrices que se forman hacia dentro solamente las ves tú, y sólo con eso basta. Y hablan de eso que llaman "pérdidas", aunque nadie haya jamás perdido nada, y de eso que llaman "bajas" y que llaman "retiradas." Pero no son más que faltas.
Viento que oxida por dentro y nos gasta poco a poco, bordándonos de recuerdos, tejiéndonos el cerebro a base de malherirnos, y que pasa por nosotros como el tiempo y fingiendo que no se ha llevado nada.
Bendito viento caliente, sol siempre arriba quemando, bendita cuna, maldito asunto pendiente.
El sótano que no abres y apesta a cuarto cerrado, camaleón de mercadillo, rifle de segunda mano. Estás muy cansada ya para apretar el gatillo, pero lo guardas ahí dentro como si fuese un tesoro, un cofre lleno hasta arriba de planes despedazados.
Que hablen, que eso es lo fácil. Hablan porque pertenecen al grupo de los aliados, al lado que se asoma como cascarón de huevo al ojillo del cañón. No saben nada del sur, nada del hambre ni del maltrato. Nada del frío de la vuelta, de la cruz y de la venda, nada del bando de los lisiados.
Que escriban, que eso es lo fácil. Escriben alardeando de batallas como un científico que habla sentado en una butaca de cómo se reproducen los invertebrados. Opinan sobre un dolor que nunca vieron, un desamor que no sintieron, una silla en la que nunca esperaron.
Nadie que hable de la guerra con orgullo ha estado jamás en ella, nadie que admire el valor de arrancarse el corazón se lo ha arrancado.
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