23/6/13

Al compás

Me encuentro aquí de rodillas mirando por la ventana, contando los coches blancos. "Ay, ojalá fuese valiente para echarme simplemente a correr, como si tuviese alas, sin apenas ser capaz de sentir los adoquines debajo de mí."
Si somos caracolitos que cargan con sus casas deseando perderse y volver para encontrarla. Si somos animalillos agujereados por el lomo, resentidos y engañados. Ay, quién nos librara del miedo, quién saltara a los vacíos por nosotros, quién nos convenciese un día de que el futuro merece la pena al final, de que todavía el alcohol sabe a alcohol y las personas bonitas no están tan sólo fingiendo, son bonitas de verdad.
A esos que sacan el pie para comprobar que el agua sigue fría, a esos que rajan su boca cantando desde esa orilla, España pobre, mal atendida. Los ves ahí arrinconados en esa plaza, ese bar, ese amanecer perdido al sur del sur, en esa esquina. A mi tierra marinera que cría personas enteras, soldados que van de frente, que mamaron de su espíritu y su mar. Les escribo justamente a esos que nunca se dejan hundir por la tempestad. Que se asoman de reojo a un horizonte podrido que nos viene desde arriba, despreocupado por cuánto terreno van a arrasar. Y a la luz de la candela, sacan sus anclas, sueltan sus cuerdas, y levantan la barbilla y la mirada y se arrancan a cantar.
Con lo chiflada que está la vida, que nos asfixia, que mira a veces qué poco trae, con qué desprecio nos trata, con qué fuerza nos arranca de la tierra y nos empuja a la intratable soledad.
Les escribo hoy a la gente que se seca su sudor, cierra los ojos y coge fuerza, y sólo, sólo son voz, que viaja y araña el aire con furia, que colorea unas horas la desgracia con coraje y con pasión, que pinta Huelva y la viste, que trae fiesta y esperanza en medio de tanta trampa y tanta desilusión. Le escribo hoy a esa gente flamenca que tanto envidio, porque consigue esquivar los disparos del olvido, y me hipnotizan como a un perro con sus quejidos llenos de fuego, fantasmas que estaban muertos y que rompen a reír desde algún cajón perdido de sus gargantas gastadas.
No les importe qué digan, desgajarse por completo hasta que no quede nada. Cierren los ojos al ogro de la oscura y endiablada gravedad, olvido en nota mayor, desazón y calentura que subordine de golpe entre canción y canción a los que huyan de luchar. Suyo es el mundo porque le cantan, suya es toda la verdad, porque pintan de sentido con su humilde dignidad los rayos de la mañana, que ya esperaron ansiosos engullendo madrugada desde que había empezado a oscurecer.
Toda Huelva está orgullosa de teneros en su vientre, de que suenen sus fandangos a través de vuestros dientes, de que rechinen endebles los hierros del contratiempo al tocar vuestras espadas. No haya mayor dignidad que pelear por permanecer despiertos, que defender la alegría en mitad de este pozo infectado de maldad. Porque somos todavía, Dios lo sabe, niños pequeños sedientos de cariño y de piedad, que no querían crecer nunca, que necesitan maneras de distraerse y olvidar.
Benditos, benditos siempre, porque no dejan que el humo se le estanque en los pulmones, porque abren el corazón a base de irse quedando con la garganta de trapo, la voz ronca y los tobillos empapados. Y luego la vida llega, y trae, se queda, se va. Y luego la vida rompe, estropea, quema y arranca y no está, intentando golpearnos la cabeza con este drama macabro de lo que nunca será.
Pero Esther se pone entonces de pie, sus manos en la cintura, porque antes de que llegue al Conquero la luz tenue de la luna, hay que empezarse a mover. Porque ya ha cerrado Antonia los ojos para escucharla, para levantar las garras ella también. Y ya se empiezan a animar, y ya le han dado su caja al campeón de Abraham. Y ya regala sonrisas de cuando en cuando Benito, mientras el resto le ruega que se arranque él a cantar. Descansa la matriarca, dormida siga escuchando todo lo que dejó atrás.
Se forme un círculo grande, y el mundo entero con su violencia, sus injusticias y su vergüenza, se quede fuera, no les alcance, se sienta tan impotente como él a veces nos hace estar. Porque ya, entre estas cuatro paredes, tan sólo se oye el latido de mil voces que se buscan entre ellas, el roce de los brazos al cruzarse, las palmas espantando a los demonios que pasen, los tacones al pisar. Llenando el espacio con ritmo deprisa, el sudor que va cayendo, chillíos, altos y desgarros, rellenando con abrazos y con sueños las heridas imposibles de borrar.
Y les escribo porque querría que el mundo fuese distinto, que se pareciese a ellos un poco más. Que se contagiasen todos con su grandeza y su brillo, su bravura y sencillez.
No existe un alma más grande que el que ríe, canta y baila cuando la intentan vencer.

A mis artistas de Huelva, mosqueteros que se ríen de la pena y se dejan cada uno de los huesos, el corazón y la piel al hacerlo. Para que nunca se cansen de demostrarle al mundo quién da más.
Y a Juana, la voz que cantó primero, la que dirigió y lanzó a la ría con coraje su anzuelo. Lo hiciste bien, descansa en paz.

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