Ya he sido la juez y la acusada, la culpable y la guerrera y la egocéntrica obsesa. Ya he sido esa que nadie tenía ganas de que hablase, he perdido días enteros demostrando demasiado a demasiada audiencia. Ya he superado esa fase de perseguir por la calle los fuegos artificiales, tirarles de la falda para llamar su atención todo el tiempo a toda costa. El show del "nadie me entiende" llevado al extremo. La copa rota, la boca llena. He sido la niña tocapelotas que todos querían que estuviese quieta, pero que nadie lograba nunca ignorar. Quiero que me ignoren, soltar la capa, clavar el ancla, meterme en tus brazos a reírme a carcajadas.
Me cansa ya la historia interminable de las frases sin final, la expectación, el maravilloso número de la mujer serpiente, abierta antes de tiempo y desnuda ante la gente. No soy la que a veces se encoge muerta de miedo por los monstruos del pasillo, ni tampoco la que salta abierta de brazos, balcón abajo, mostrando bien los dientes al asfalto. Soy una persona normal. Y ya lo he visto, ya estuve allí: se rompió todo alrededor, y el polvo arrastrado por la guerra ya ha desmoronado entero mi interior. Los gritos quedan en ecos, las bajas en cicatrices. Ya he perdido suficientes soldados en la batalla, y a esos que todavía dudan: no, no me mereció la pena.
Ya enterré todo deseo por perseguir el absurdo, por saludar desde dentro de mis desgastadas gafas de sol a los que pasaban. Ya no me deslumbra el foco de las linternas ajenas apuntándome en el ojo, el juicio competitivo del que me ha mirado años y nunca ha tenido huevos de verme.
Hoy sabe dios lo que quiero. Quiero poderme sentir una mano a cada lado de mi cuerpo, el sol arriba colgado y a mis pies pegado el suelo, y una casita pequeña, un sueldo que simplemente me permita respirar, y tus ojitos rasgados de lobo hambriento de noche, y a ti cada noche y cada mañana.
No hay metáfora ni adorno que supere a la verdad.
No quiero trono ni admito que nadie me nombre reina, ni quiero ya tener nada. Mi único triunfo sincero se queda puertas adentro y puerta adentro lo observo.
Quiero un salón donde un día ver enanos empujándose y chillando, estornudando y pegando sus mocos en los cojines, y un televisor pequeño y una estantería bien grande donde colocar los libros. Y a cada hora un beso tuyo, y un montón de horas delante, y cada noche de mi vida dormirme oyendo tu voz, que se convierta en el soplo de esperanza repentina, ese susurro en el medio del silencio que me diga "puedes volver a empezar, estoy yo, estás completa."
Una casita coqueta y tu amor, y nada más.
"Cierra los ojos y mira a tu corazón cara a cara, y escucha lo que te dice, y luego escribe lo que él te pida." Anais Nin
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