Ahora que las aguas parecen mansas, se ve en el fondo la roca. Ahora que das pie, sientes el daño. Ahora que el daño traspasa el pie, quieres andar. Ahora que has comprobado que el mundo es pequeño, recuerdas cuando lo andabas. Y sé que a veces somos idiotas, y tenemos que apartarnos para aprender a observar, y ahora que te observo bien te veo más guapa y más mía. Ahora que el océano se derrama entre mi dedo y tu costa, veo de verdad quién eres y lo que te están haciendo.
Y veo que empujan y empujas, y no puedes, y veo que piensan que estás hundida, y les escucho, y sé que no lo estás, que te pondrás de pie. Lo sé. Lo sé porque eres como yo, porque me miro en ti y me veo. Una lagartija brava que fue engendrada bajo el sol, crujiente y con escamas. La sacudida repentina que te tira de la cama. Renaces cada mañana, abres la boca y con tu propia tristeza te desgarras. Y te están haciendo un daño que traspasa cualquier clase de razón, pero conozco tu guerra, y tú llevas la verdad en la mirada. Por eso tu gente se tira a la acera, aunque deberían romperla y deberían quemarla. Y el tiempo pasa deprisa, y se olvidan tus cachorros de que están hechos de viento y de que no habrá mañana. Y eres mucho más que eso. Y nos siguen juzgando sin haber andando nunca metidos en nuestros zapatos, que siempre han sido pequeños. Y nos siguen engañando y corrompiendo. Y se ríen de nosotros pero nos buscan, nos piden, se van, nos echan de menos. Y me recuerda al marido que dice amar a su esposa y le da palizas luego. Y desde aquí hoy te veo tan pequeñita y tan grande, y deberían echarse toda tu gente a la calle, y debería arder la calle, y todos los que te dañan deberían quemarse, y tú deberías ver cómo se queman. Y deberías recordar quién eres, cuál es tu historia. Nos envidian, eso nunca se te olvide, por eso, por eso mismo nos lanzan bombas.
Y aunque ahora estés perdida, yo sé que llevas dentro el camino. El camino a la igualdad, a la estabilidad, al cariño. Y nos odian, no dudes cuánto nos odian, aunque nos vean cabizbajos, aunque te quedes vacía de guerreros y llena de ladrones y embusteros, no dejan de odiarte y de odiarme, ¿y sabes por qué?, porque tenemos, con todo, siempre al sol de nuestra parte, y a la fruta y a la leche y al pescado y a la carne, y a la música que nace de la sangre, que sale a bocajarro atravesando el corazón. Tenemos toda la orilla, toda la alegría y la pena, tenemos Madrid, tenemos Sevilla. Tenemos el alma y la feria, y sabemos qué es estar sobre este mundo desnudos, porque sabemos vivir la vida. Y ellos tienen un idioma poderoso por política y por ego, un ejército fantasma, kilómetros de comida congelada, pósters y autobuses altos, y una lista interminable de canales de televisión. Tienen más conciertos, pero no saben de arte. Tienen más reglas, más grúas, los horarios más estrictos, pero no saben perderse, no saben improvisar, no saben de respeto si les quitas los cuadernos, no saben de pasión ni de misterio. Y tienen libros, pero no cuentos. Y tienen escuelas, pero no tienen maestros. Y viven rodeados de escaparates y de mercados, pero la luz les ha dado de lado y se hunden en un continuo y desesperado invierno. Y creen que memorizando se salvarán de lo nuevo, y creen que son diferentes y que son los verdaderos, y se inflan en su orgullo, entre su gente, pero les falta saborear el sabor de la derrota, mirarse en el espejo un poco más, aprender ya de una vez a valorar lo que de verdad importa. Quizá tengan esa siempre oportuna vanidad que a nosotros muchas veces se nos cae, y eso es triste y es verdad. Deberíamos amarnos mucho más, se nos va toda la fuerza por la boca. Pero no, no son felices, no saben nada del tiempo, de la marea y la tempestad. Saben digerir el té, pero no saben beber. Saben subirte la voz, pero no saben gritar. Saben inventarse historias, pero no saben contar. Saben de desprecio y fama, pero no saben odiar. No saben qué es pelear cuando no te queda nada.
Y te veo tan encogida, y tienes todo lo que ellos quieren, y esa garra y esa cuna y ese cuerpo y ese duende, y no sabes verlo bien, y no sabes defenderte.
Y te rompen con las manos como se rompe un papel, a ti, mi España bonita, que tienes a tanta gente que te añora y que te quiere. Tú, que has sido siempre tan yo: una lagarta valiente criada debajo del sol, ciega de rabia y calor, que creció enseñando dientes.