La reina de las arañas soltó el lápiz y el papel y se remangó el vestido. Dijo que prefería el frío, vivir lejos de palacio. Mi pequeña cabezota, mi guerrera rebelde, triste e idiota.
Quiso llevarte con ella, coserte bien a la espalda como un macuto y echar a andar. Se sentó en la montaña a esperar a la noche, contando los minutos con los dedos, y se hizo eterna la espera, y luego cayó de golpe, y se presentó sin paz y sin estrellas.
La princesa más imbécil de todo el reino se queda, clavada sobre la tierra, inmóvil y de rodillas, el sol azul, la luna arriba, rezándole una oración que ahora ya apenas recuerda a un muñeco hecho de Plastidecor. Y entre pausa y pausa echa un leve vistazo al suelo, y entre gusano y gusano se asoma un recuerdo.
La señorita salvaje que no quiso gobernar ni haber sido gobernada. Suelta el pañuelo, lame la espada. Dijo que echaba de menos el calor que llueve antes del otoño. Echar de menos es fácil cuando te queda nada.
Mi pequeña cabezota, rebelde, triste e idiota. Quería llevarte con ella, coserte bien a su espalda como un macuto y echar a andar. Pero se quedó clavada donde la vista no llega, rezándole una oración que ahora ya apenas recuerda a un muñeco hecho de rabia y cartón. Y entre pausa y pausa baja la vista al suelo, y encuentra entre los gusanos el cadáver de un recuerdo.
Poco a poco se acumulan hasta endurecer la tierra, van construyendo un resguardo invisible y poderoso para cuando queme el viento. Su castigo más amargo es también su mayor templo.
Y reza para escapar donde el peso pese menos, donde el alma flote más, donde no atraiga el cerebro el dolor que va cayendo desde el cuerpo, donde no importe que haya alguien más. Donde los pies se evaporen, la tinta sólo se escriba pero no llore, no llore, no sea más llanto que tinta.
Donde se queden debajo los que cayeron, sigan de pie los guerreros, terminen lo que empezaron y nadie la piense más.
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