Una frase que me sirva de principio. Yo. Un ego desmembrado subiendo las escaleras, bajando la vista al suelo. Aprieto la mano para pedirte perdón, me lamo entre los dedos la arena acumulada.
Soy solo una persona, un bolígrafo delgado con sangre y pulso, con paso lento. Siento tanto, tanto todo lo que te hago. Los retrasos, los descuidos, los besos y las noches, que son tan largas, tan frías.
Siento el folio en blanco, siento desde el corazón que siga así, tan roto, tan roto todo alrededor. Necesito levantarme un poco más, incorporarme del todo para poder atenderte. Siento tus ojos marrones perdidos ahí dentro, tus tacones sin limpiar. Siento el ruido en la planta de abajo, el polvo acumulándose en el sótano. Siento las fiestas, el jaleo, la soledad, las cortinas. Siento las momias corriendo por el pasillo, las letras aullando en sus pesadillas, lo siento de verdad. Perdóname el cristal hecho pedazos, los mandalas resbalando de tus manos, las arañas paseando por tus labios. Perdóname la distancia, los abrazos prometidos que no parecen llegar nunca, el agua fría en mitad de la tarde. Perdóname el horario, la dureza, la indiferencia, que daña tanto.
Soy solo una persona, un cúmulo de años que se unen formando filas, repitiendo patrones y rezando a cien dioses distintos. Soy solo un puñado de nervios que se agitan mientras cruzan las piernas bajo la mesa, muertos de miedo. Soy solo un hilo manchado, un lazo suelto de color rosa encima del microondas, una esquina agujereada que apesta a lejía, un cubo con amoniaco y trapos flotando, un suelo crujiente, ni medio metro de tela. Un pedacito de rabia con su sonrisa encajada, dos pendientes sin poner, dos manos mordisqueadas, una tirita mal puesta sobre una herida de bala. Poesía a destiempo, mal escrita y mal pensada. Una estatua que pelea consigo misma cada vez que se descubre reflejada en el espejo.
Soy escritora. No soy ninguna otra cosa, no sé hacer bien otras cosas, no sé si sé hacer bien esto. Puedo entreabrir los labios, secarlos, fingir. Puedo entrometerme, intentar que con sus golpes me nuble la multitud. Puedo intentar encajar, entrar en todos sus gremios, servir champán, subir arriba para ver si siguen ahí las estrellas, hacerles fotos, sudar. Puedo venderme y comprarles, puedo medir cada logro y distribuir oasis a lo largo del desierto. Puedo sobrevivir, porque lo he hecho. Pero vivir es distinto. Sí, el cielo sigue ahí, las estrellas todavía brillan de noche. Soy solo una canción, una carpeta de plástico duro llena de historias contadas en esquemas comprimidos, con dibujos de cohetes sonrientes y espirales.
Soy una niña de siete años que se marea dando vueltas sobre sí misma, enredándose en las largas cortinas verdes del salón, pensando en Noelia y Esther, en la bomba que pusieron los espías del enemigo en palacio el día del baile. Soy una niña de nueve años que no sale a montarse en los columpios porque tiene que acabar el cuento de Silvia Montes, la hija del rey de las hadas. Soy esa idiota que descubrió que había gente que ganaba dinero vendiendo libros. Esa imbécil que jamás terminaba sus historias. Esa inútil que logró finalizar su novela y ahora tiembla de los nervios cuando piensa que algún día alguien pudiese publicarla. Más allá de juicios sordos, de etiquetas y de todos esos jóvenes sin sueños que se suben a este carro de fantasmas asesinos, por modas o ambición desenfrenada, por objetivos mal puestos, porque se engañan y deslumbran con los carteles, las ventas de algunos afortunados, la risa loca del arrogante, la careta perfecta del cobarde, las películas de culto, los blogs de arte contemporáneo. Más allá de la burla, la sed y el rencor. Más allá de toda la falsedad, los estudios, cada año de instituto y de universidad. Más allá del desengaño, los bofetones a mano abierta, la obsesión por destacar de todos los que se desviven tanto por aparentar ser quiénes no son. Soy solo una persona, un bolígrafo delgado con sangre y pulso, con paso lento. Soy solo una persona, un cúmulo de años que se unen formando filas, repitiendo patrones y rezando a cien dioses distintos.
Soy escritora, mejor o peor, con más o menos suerte, con más o menos ganas, con días buenos y días malos, con más o menos talento, más inspirada o menos, a veces vestida y a veces en cueros. Y no me importa el reverso, la "biografía" del Twitter, la vanidad del idiota que se coloca laureles sin saber qué significan. Y no busco ni persigo nada aparte de la eterna, indignante, asquerosa, desdentada y simple, desnuda verdad. Y no tengo otro instrumento, otro arma, otra ventana ni otra clave. Nada más allá de los muros de mi propia incompetencia.
Soy escritora, y moriré siendo escritora. Me guste más o menos, me pese más o menos, me sirva más o menos, me dé o me quite, me destruya o logre hacerme feliz. Son mis escamas, mi ruta, mi único camino y mi única identidad. Me lo susurra entre dientes, justo antes de caer, cada lágrima al otro lado del espejo. Me lo escupe a la mirada cada trozo del cristal que lo forma. Me lo repite y me lo clava en el día como una espada. "Eres escritora", dice, y yo le pido perdón por no estar siempre a la altura. Siempre o casi nunca. Y lo hago porque me duele, y le digo que lo siento, que siento que el folio esté en blanco, que siento desde el corazón que siga así, tan roto, tan roto todo alrededor.
Le digo que necesito levantarme un poco más, incorporarme del todo para poder atenderle. Le digo que siento sus ojos marrones perdidos ahí dentro, sus tacones sin limpiar. Que siento el ruido en la planta de abajo, el polvo acumulándose en el sótano. Que siento las fiestas, el jaleo, la soledad y las cortinas. Que siento las momias corriendo por el pasillo, las letras aullando en sus pesadillas, que lo siento de verdad. Le ruego que me perdone por el cristal hecho pedazos, los mandalas resbalando de sus manos, las arañas paseando por sus labios.
Y el espejo sigue ahí, como una enorme serpiente de humo, devolviéndonos sin más todo lo que nosotros le damos. Recogiendo los pedazos y formándolos delante de mis ojos, que se observan a sí mismos agotados de luchar para no ver, pero que aún siguen viendo.